En el fluir de la historia aparecen ramales inesperados y uno de ellos son los Motines del Pan que tuvieron lugar en Castilla durante el verano de 1856. Una corriente de rabia y dignidad recorrió tierras castellanas hasta el punto de que su crecida llegó a otros lugares de España provocando, incluso, la caída del gobierno progresista de Espartero. Sentenciada al olvido, esta insurrección había permanecido muda en el tiempo, pero hoy su historia vuelve a nutrir y dignificar el espíritu de lucha del pueblo castellano.
El 22 de junio de 1856 y bajo una oleada de hambre y miseria, un altercado por la subida del precio del pan en Mercado del Val de Valladolid prendió al pueblo. Doscientas mujeres tomaron la iniciativa. Se quemaron tres harineras, un puesto de recaudación, un almacén y se arrasó con los domicilios de algunos comerciantes. La protesta se extendió primero a Medina de Rioseco, donde se produjeron altercados y se incendiaron otras dos fábricas harineras. Al día siguiente, en vísperas de San Juan, la llama prendería en Palencia con las mujeres a la cabeza lideradas por Dorotea Santos —apenas una adolescente— y en alianza con los jornaleros y los obreros de las fábricas textiles palentinas. Una rebelión acabaría con la destrucción de tres harineras más y la declaración del estado de guerra. Se calcula que se levantaron en rebeldía entre cuatro mil y cinco mil personas en la ciudad de Palencia, casi un tercio de sus habitantes; destacando, además, el rol de la infancia popular como sujeto político activo durante la rebelión. El hambre mataba, y el pueblo se hartó de pedir pan mientras, canal arriba, veía marchar camino de Europa las barcazas llenas de la harina y el trigo que aquí se les negaba.
Años de penuria y cólera, de desabastecimientos continuos y presiones fiscales, se acentuaron con la especulación puesta en marcha por la harinocracia castellana en el contexto de la Guerra de Crimea, propiciando un estallido social incontrolable que marcaría el devenir de Castilla y del gobierno nacional.
Pasquines aparecidos en Valladolid durante el mes de mayo y conatos de intervenciones populares en junio en Benavente y Astorga, eran ejemplos de unas tensiones sociales que, a pesar de los repartos solidarios de pan y harina, amenazaban constantemente con hacerlo estallar todo. Los motines y las asonadas no eran nuevos, pero sí lo fueron su extensión e intensidad. El común resurgía en Castilla como parte fundamental de su identidad como pueblo.
Las represalias no ahogaron las protestas
La represalia no se hizo esperar. Tras la conmoción inicial, el gobierno liberal actúo para proteger a la burguesía y su sagrado derecho a la propiedad, reprimiendo con severa violencia al pueblo hambriento. Medio millar de personas fueron detenidas y apresadas, y los ajusticiamientos no tardaron en llegar. La palentina Dorotea Santos fue ejecutada a garrote vil para escarnio público y escarmiento de todas, cuatro hombres fueron fusilados en Palencia cuando las brasas de las harineras todavía estaban calientes como medida coercitiva y otra decena correrían su misma suerte en las semanas posteriores. Se calcula que fueron encarceladas unas sesenta mujeres, muchas de ellas con bebés e hijos pequeños, lo que supuso apartar a estos de sus madres en un acto criminal absoluto y desgarrador.
Sin embargo, tal exhibición de crueldad no fue suficiente. Durante todo el verano y parte del otoño de 1856 el pueblo siguió respondiendo en un ciclo de acción-reacción con el que la burguesía no contaba. El proletariado en lucha seguía activo en forma de algaradas, incendios de fincas en toda la Tierra de Campos, revueltas callejeras y ataques a fielatos, fábricas de todo tipo e intereses económicos de la gente pudiente. No había organización como la entendemos hoy, pero sí mucha rabia. La Meseta Norte ardía, y su fuego se extendería por otros puntos de la península y las islas. La Corte en Madrid y el gobierno de Espartero fueron incapaces, no solo de detener los sucesos, sino de abastecer a la población. ¿Cómo un tumulto en un mercado de Valladolid podía hacer caer un gobierno?, ¿acaso podrían haberlo evitado?
La adopción del capitalismo agrario como forma de desarrollo, y su alianza con el gobierno liberal, despojaron del sustento más básico al proletariado: el pan
Capitalismo agrario y especulación
Las causas de los motines no fueron eventos azarosos conjurados por la mala fortuna, fueron contradicciones severas surgidas de la adopción del capitalismo agrario como forma de desarrollo, contradicciones que se vieron intensificadas por su alianza con el gobierno liberal, y que despojaron del sustento más básico al proletariado: el pan. El entonces recién terminado Canal de Castilla, cumplió una función clave, primero como fuerza motriz que impulsó la proliferación de importantes harineras y el asentamiento de una nueva burguesía; y segundo como dinamizador del comercio, pues el canal permitió abaratar los costes y tiempos de transporte de mercancías desde el interior de la meseta hacia el puerto de Santander. Sin esta estructura hubiera sido imposible la intensificación con la que se desabasteció el mercado interior castellano del que dependían las familias asalariadas para su supervivencia; de la misma manera que hubiera sido imposible si el gobierno no hubiera levantado la prohibición de exportar el grano a Europa, o no hubiera mantenido los aranceles al cereal y la harina americanas que aseguraban a los comerciantes castellanos las exportaciones a Cuba y Puerto Rico.
La superestructura emergente impuso ya entonces sus prioridades, reproducir el Capital aun dañando la reproducción social, y cuando el grave deterioro de las condiciones materiales hizo estallar los motines en su contra, el gobierno estaba preparado para ofrecer su fuerza represiva al servicio de la protección de la propiedad y por encima de la necesidad vital de los amotinados.
Como comunistas, recuperar este fragmento casi olvidado del hilo rojo de la historia contribuye a comprender —y a nombrar— el escenario de actuación política que tenemos que afrontar hoy en el mundo del trabajo. Ponemos en valor el trabajo de asociaciones culturales como Abrigaño o Encuentro Castellano Espliego, que desde hace años vienen tratando de recuperar y divulgar estos acontecimientos de la historia castellana. Unido a una juventud comprometida con la justicia social en busca de una identidad con esta tierra y nuestra clase social que necesita saber que en 1856 hubo aquí un episodio referente de las luchas populares frente al capitalismo.
El agua de la historia nos llega todavía hoy a poco que la busquemos. Y bajo esa agua, dormida pero viva, hay una brasa que espera. Hoy el pan ya no ocupa el mismo lugar en la pirámide del hambre. Lo que quiebra en el siglo XXI las energías, el dinero y la conciencia de las clases populares son el petróleo, la electricidad, el plástico o la especulación inmobiliaria. Pero la estructura es la misma: unos pocos controlando los caudales —ahora energéticos, entonces harineros— mientras la mayoría no llega a fin de mes. La harinocracia tiene hoy otros nombres. El Canal tiene hoy otras orillas. Pero el agua sigue fluyendo en una sola dirección: cauce arriba, hacia los de siempre.





